EUROPA DEL “ESTE”, EUROPA “CENTRAL”: EUROPA
(o el fin de Europa del Este, el renacimiento de Europa Central y su disolución en Europa)

por Tomás Várnagy
varnagy@hotmail.com

     Si observamos un mapa de Europa y consideramos que es un continente que va desde el Atlántico hasta los Urales, entonces su centro no es París, ni Berlín, ni siquiera Praga, sino que puede estar en algún lugar de la ex Unión Soviética. El Instituto Geográfico Nacional Francés estableció en 1989 que el centro geográfico de Europa es el punto 50º 54’ latitud Norte y 25º 19’ de longitud Este. Al Norte de la capital de Lituania se halla un museo de esculturas al aire libre con un monumento de granito gris realizado por Gintaras Karosas indicando el corazón de Europa con los nombres de todas las ciudades capitales europeas y su respectiva distancia desde el centro de Europa, el monolito que puede observarse en la fotografía.

Fotografía: Gintaras Karosas.

     Si el ombligo del continente está en la longitud 25, sea en Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia o Ucrania, y estamos hablando del centro de Europa, resulta evidente que lo que se conocía como "Europa Oriental" ni siquiera era "Central" sino, claramente, Occidental. ¿De dónde proviene, entonces, esta denominación?

     “Europa del Este” o “Europa Oriental” fue un término utilizado después de la Segunda Guerra Mundial para denominar a los países que quedaron dentro de la órbita soviética, encaminados –en su momento- a una globalización económica (COMECON), militar (Pacto de Varsovia), política ("los socialismos realmente existentes"), e incluso cultural. Esta tentativa de integración y homogeneización de la zona tuvo sus antecedentes en la Monarquía Dual Austro-Húngara y en la idea alemana de Mitteleuropa. Hoy a nadie se le ocurriría denominar como parte de “Europa del Este” u “Oriental” a ninguno de los países que se integraron a la Unión Europea en el 2004.

 


     Consideramos que en una correcta actualización terminológica ya ampliamente adoptada por la literatura especializada, Europa Central (EC) debería incluir a Alemania, Austria, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia y los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), además de algunas regiones como el oeste de Bielorrusia y Ucrania, Transilvania (Rumania) y Voivodina (Yugoslavia); Europa del Sudeste (ES) o Balcanes: Serbia, Bosnia, Macedonia, Albania, Rumania, Bulgaria y Grecia; y, finalmente, Europa Oriental (EO) incluye a las ex repúblicas soviéticas europeas. Europa Central y Oriental (ECO) es el conjunto de las regiones mencionadas.

     Europa del Sudeste y Oriental están al Este de esa gran línea histórica que durante siglos ha separado a los pueblos cristianos occidentales de los pueblos musulmanes y ortodoxos. La existencia de esta línea se remonta a la división del Imperio Romano en el siglo IV y a la creación del Sacro Imperio Romano en el siglo X; en Bielorrusia y Ucrania la línea es la separación entre un Oeste uniata y un Este ortodoxo, mientras que en los Balcanes la línea coincide con la división histórica entre los imperios Habsburgo y otomano.

Europa del “Este” u "Oriental"

     Europa del “Este” u “Oriental" fue un concepto acuñado después de la Segunda Guerra Mundial como consecuencia del Tratado de Yalta y la conquista soviética de casi la mitad de Europa. Pueblos y tierras al "Este" de Europa, de los que poco se sabía, terminaron por desvanecerse bajo ese término único y homogeneizante. Las regiones entre Europa Occidental y la URSS se convirtieron en un limbo bajo tutelaje político soviético y, en Occidente, Europa del Este u Oriental se utilizó para denominar al bloque de países “socialistas”: Albania, Alemania Oriental, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania y Yugoslavia.

     En otras definiciones de Europa “Oriental” se incluía a los Estados Bálticos (Estonia, Letonia y Lituania); algunos estudiosos consideraban a Finlandia y Grecia en la región, pero estos eran puntos de vista minoritarios. Europa “Oriental" fue, en síntesis, una región definida políticamente y se refería a la realidad de la integración de un conjunto de países bajo la égida de la Unión Soviética.

     Muchos de los habitantes de estas regiones no estaban de acuerdo con la definición: polacos, húngaros, eslovacos, checos, croatas y eslovenos siempre resistieron el que se los denominara como pertenecientes a "Europa Oriental", pues para ellos eran naturales sus lazos con Europa Occidental y ni siquiera se imaginaban que formaban parte de un mundo "Oriental" con las connotaciones que este término tiene –para ellos- de remoto y primitivo. En la posguerra era una realidad para estas naciones el hecho de formar parte del bloque “socialista” y que, para el resto del mundo, eran ahora –política, económica y culturalmente- apéndices del imperio soviético. Este punto de vista no cambió por décadas, incluso el mundo Occidental se acostumbró a mencionar a estos países como si fuesen un solo bloque homogéneo, "Europa Oriental", los Estados satélites de la URSS.

     El 5 de marzo de 1946, Winston Churchill le dio un nombre a la nueva realidad política emergente de la posguerra en un famoso discurso: «desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, una cortina de hierro descendió atravesando el continente». Desde entonces y por dos generaciones, la escisión entre regímenes capitalistas y “socialistas” pareció ser un hecho inmutable de la geografía política europea. Los teóricos de la Guerra Fría prevenían acerca de la "teoría del dominó" y los peligros del avance comunista; pero se equivocaron ya que en 1989 las fichas comenzaron a caer hacia el otro lado, destruyendo la cortina y arrasando los regímenes autodenominados "socialistas".

     El límite entre Europa Occidental y Oriental estaba constituido por la famosa "cortina de hierro", expresión que fue considerada inconveniente y proscrita del lenguaje de los funcionarios y discursos oficiales en nombre de la política de détente a fines de la década de 1960. Pese a ello, la separación entre las dos Europas no dejaba de ser una realidad. Como afirmamos, Europa “Oriental” fue una expresión política más que una designación geográfica; recordemos la paradójica situación de Praga, en “Europa Oriental”, que está al Oeste de Viena, en Europa Occidental.

     En la década de 1980, el concepto "Europa Oriental" comienza a perder el significado político de post-Yalta y surge nuevamente la idea de “Europa Central” que gana aceptación como un marco atractivo y viable en el cual países como Polonia, Hungría y Checoslovaquia pueden localizar su desarrollo futuro. La nueva utilización del término "Europa Central" tuvo un marcado acento anti-soviético, pues contrastaba la cultura europea occidental con la rusa- soviética, oriental.

     Es el novelista checo Milan Kundera quien revive el término "Europa Central", y en una entrevista con el novelista Philip Roth, da algunas definiciones: "Europa Oriental es Rusia, con su muy específica historia anclada en el mundo bizantino: Bohemia, Polonia, Hungría, al igual que Austria, nunca han sido parte de Europa Oriental. Desde los comienzos han tomado parte en la gran aventura de la civilización Occidental, con su gótico, su Renacimiento, su Reforma - un movimiento que tiene su cuna precisamente en esta región. Fue aquí, en Europa Central, donde la cultura moderna encontró sus mayores impulsos…".

Europa “Oriental” se convierte con el annus mirabilis de 1989 en Europa Central y Sud-Oriental. Las democracias populares se transforman en países independientes y, aquéllos más identificados como centroeuropeos (Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, la antigua Alemania Oriental, Eslovenia, Croacia) adoptaron inmediatamente –con alguna excepción y con grandes altibajos- instituciones democráticas y el libre mercado. En el Sureste, en los Balcanes (en la ex Yugoslavia, Bulgaria, Rumania y Albania) la democracia habría de ser conquistada.

Europa Central

     Europa Central se idealizó alguna vez y se supuso que fue un paraíso de multiplicidad y compatibilidad cultural, étnica, religiosa y lingüística, además de haber producido grandes riquezas artísticas e intelectuales; pero, por otro lado, no hay que olvidar que las dos guerras mundiales comenzaron allí, que es considerada como una región de tradicional intolerancia étnica y religiosa, con ancestrales luchas, guerras y asesinatos que van desde los pogroms hasta el genocidio. El redescubrimiento de Europa Central es uno de los desarrollos intelectuales más importantes de la década de 1980 y es un ingrediente vital en al reformulación del mapa político europeo después de la Segunda Guerra Mundial.

     A mediados de los 80 se rehabilita el término "Europa Central" que había caído en desuso por más de 30 años. La idea de Europa Central se sostuvo no solamente como defensa en contra del imperialismo soviético sino también como un contrapeso para balancear los crecientes provincialismos, nacionalismo y tendencias fragmentarias: "Ser centro- europeo significa aprender a mantener nuestro nacionalismo, nuestro egoísmo nacional, bajo control", afirmaba el novelista y ensayista húngaro Gyorgy Konrád. El historiador polaco Bronislav Geremek considera que la idea de Europa Central es la expresión de una voluntad de ser Occidente de los países y pueblos que se encuentran en la periferia de esta civilización: "[s]ituados al costado de occidente, los países de Europa Central parecen caracterizarse sobre todo por su aspiración europea, precisamente porque su vocación de pertenencia a Europa se cuestionaba sin cesar" (Geremek: 1995, 8).

     Existen también detractores de la idea de EC, como el historiador alemán Thomas Rothschild, para quien el húngaro Konrád tiene más cosas en común con el estadounidense Philip Roth que con europeos centrales como Peter Handke o Thomas Bernhard. Además, cuando Konrád o Kundera divagan sobre Europa Central, están significando algo muy diferente a lo de Claudio Magris o sus amigos austríacos. La búsqueda de unidad de estos países es por motivos bien diferenciados: para polacos, húngaros y checos, por ejemplo, es el distanciarse del Este, de Oriente, de Rusia, de romper con la Unión Soviética e insertarse en Occidente; a diferencia de los alemanes, para quienes implicaba un distanciamiento de Occidente, un deseo de disminuir las poderosas influencias estadounidenses especialmente en la Europa "americanizada" y “macdonaldizada”. Pero, para croatas y eslovenos, que nunca se sintieron cómodos en la Yugoslavia dominada por los serbios, debatir sobre Europa Central era una manera de expresar sentimientos antiserbios; y, finalmente, Austria, enfrentada a una opresiva presencia alemana, estaba reviviendo sus propios sueños de supremacía económica y cultural de los Habsburgo.

     Hubo muchos intentos para definir Europa Central, por ejemplo, un estudio francés de 1931 consideraba países de Europa Central a Austria, Hungría, Checoeslovaquia, Polonia, Rumania, Yugoslavia e Italia; nótese que se excluía a Alemania y a los países bálticos, Estonia, Letonia y Lituania. Otro caso fue el de la Fundación alemana Friedrich Ebert, que organizó en 1987 una conferencia titulada "Europa Central: sueño, pesadilla, realidad"; en la invitación había un mapa de la Alemania dividida, Polonia, los países bálticos, y las antiguas regiones de la Monarquía Dual Austro-Húngara. En realidad, al igual que con Europa, es muy difícil decir dónde comienza o termina Europa Central; naturalmente, los alemanes colocan el centro de Europa en Berlín; los austríacos en Viena (Judt: 1991, 25).

     De hecho, y para contrarrestar el concepto imperialista alemán de Mitteleuropa, el término "Europa Central" fue inventado por Tomás Masaryk, el primer presidente de una Checoslovaquia independiente (1918-1935), creada luego de la Primera Guerra Mundial. Definió a la región como “una zona peculiar que se extiende desde el cabo Norte hasta el cabo Matapán” y, por lo tanto, incluye a “lapones, suecos, noruegos y daneses, finlandeses, letones, estonios, lituanos, polacos, lustas, checos y eslovacos, magyares, serbios, croatas y eslovenos, rumanos, búlgaros, albaneses, turcos y griegos”, ¡pero excluye a los alemanes y a los austríacos! (Ash: 1992, 207).

     Todas las pequeñas naciones de la región caen bajo el dominio de Hitler a fines de la década de 1930 y principios de la siguiente, convirtiendo la zona en parte integrante del Tercer Reich alemán. La victoria aliada transfiere este dominio a los soviéticos convirtiendo a Europa Central en "Europa Oriental". Con la caída de los regímenes comunistas en Europa Central y Oriental, las viejas estructuras políticas que duraron menos de medio siglo cayeron junto con el Muro de Berlín en 1989, y pareció que la división de Europa había finalizado. La frase promovida por Mijail Gorbachov, "la casa europea", se convirtió en una metáfora de la unidad de Europa.

Cultura centroeuropea

     Cuando mencionamos hoy a Europa Central nos estamos refiriendo a países con un sinnúmero de nacionalidades y minorías enquistadas entre la vastedad de la Madre Rusia y el rigor paternalista de los germanos, unidos no por la lengua o tradiciones comunes, sino por una serie de sensibilidades y afinidades muy difíciles de definir. A comienzos del siglo XX Europa Central era, pese a su debilidad política, un gran centro cultural. La importancia de Viena no se discute, pero su originalidad debe verse en el trasfondo de otros países y ciudades que -juntos- participaron y contribuyeron efectiva y creativamente a la cultura de Europa Central.

     Los que consideraban que "Europa Oriental" estaba separada de Occidente se olvidaban de que Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de una iglesia en Alemania Oriental, que Copérnico estudió y trabajó en Polonia, que Kafka escribió en alemán sus novelas en Checoslovaquia, que el primer sistema de subterráneos en el continente europeo se construyó en Budapest en 1896, que Bucarest era conocida como la pequeña París, que riquísimas comunidades culturales florecientes antes de la Segunda Guerra Mundial en el territorio de Europa Central desde Vilno (Lituania) y Lvov (Ucrania) hasta Timisoara (Rumania) y Novi Sad (Yugoslavia).

     La cultura centroeuropea realizó inmensos logros: la literatura de Franz Kafka y Robert Musil, la pintura de Gustav Klimt y Oskar Kokoschka, la música de Schoenberg y Béla Bartók como también las teorías de Sigmund Freud. Si la escuela de Schoenberg fundó el sistema dodecatonal, el húngaro Béla Bartók, uno de los mayores músicos del siglo XX, supo cómo descubrir las nuevas posibilidades musicales basadas en los principios tonales. Con la obra de Kafka y Hasek, las innovaciones del estructuralismo lingüístico del círculo de Praga, la gran trinidad polaca de Witold Gombrowicz, Bruno Schulz y Stanislas Witkiewicz anticiparon el modernismo europea de la década de 1950 y el teatro del absurdo. Toda esta explosión creativa ¿fue meramente una coincidencia geográfica o estaba enraizada en una larga tradición, un pasado común?

     Surge, nuevamente, la pregunta: ¿cuáles son las fronteras de Europa Central? Sería un sinsentido tratar de dibujarlas exactamente, pues Europa Central no es un Estado, sus límites son imaginarios y deben hacerse y rehacerse continuamente de acuerdo con la situación histórica. Europa Central tampoco puede ser definida y determinada por fronteras políticas, las que no son auténticas ya que siempre fueron impuestas por invasiones, conquistas y ocupaciones. Sí pueden definirse sus fronteras imaginarias por una situación común que agrupa y reagrupa a los pueblos que muestran un lugar habitado por las mismas memorias, los mismos problemas y conflictos, la misma tradición común, una historia disímil, pero compartida. La lectura cultural de Europa Central ofrecida por el checo Kundera o el húngaro Konrád, está relacionada con una idea, un estado mental, una cosmovisión, una Weltanschauung.

     Los padres de Sigmund Freud provenían de Polonia, pero el joven Sigmund pasó su niñez en Moravia, en la actual República Checa. El filósofo Edmund Husserl y el músico Gustav Mahler también pasaron su niñez allí. El novelista vienés Joseph Roth tenía sus raíces en Polonia. El poeta checo Julius Zeyer nació en Praga proveniente de una familia germano hablante; fue su propia elección el ser checo. La lengua materna de Hermann Kafka, por otro lado, era el checo pero la de su hijo Franz fue el alemán. Una de las figuras de la insurrección húngara de 1956, el escritor Tibor Déry, provenía de una familia germano- húngara, y el novelista Danilo Kis es húngaro- serbio.

     Esta mezcolanza nacional de personas representativas de sus respectivos países muestra otro aspecto de la realidad centroeuropea. Otro típico ejemplo fue Ödön von Horváth, autor de los famosos Cuentos de los bosques vieneses (1930) quien afirmaba: "Si me preguntan cuál es mi país nativo, respondo: nací en Fiume, crecí en Belgrado, Budapest, Pressburg [Pozsony, Bratislava], Viena y Munich y tengo pasaporte húngaro, pero no tengo patria. Soy una muy típica mezcla de la vieja Austria: húngaro, croata, alemán y checo a la vez; mi país es Hungría, mi lengua materna es el alemán" (Rupnik: 1991, 235).

     Se trata de un mundo perdido, de una cultura que era esencialmente pluralista, el resultado de siglos de interacción entre diferentes tradiciones culturales. La ciudad centroeuropea era como un puente que ahora sólo sobrevive en la literatura; por ejemplo, Gdansk es una ciudad polaca identificada con el nacimiento de Solidaridad, y muy pocos de sus actuales habitantes son conscientes de que antes era Danzig y que era un lugar de contacto entre alemanes y polacos, tan bien descrito por Günther Grass en el Tambor de hojalata y otras novelas. Praga, el lugar de nacimiento de Franz Kafka y Jaroslev Hasek, autor de El buen soldado Schweik, era un punto de reunión de las culturas checa, alemana y judía.

     La sofisticación y hasta el radicalismo cultural de sociedades como las de principio de siglo de Viena, Praga o Budapest, provenían de un espíritu de desafío que nos informan de una cultura irreverente e irónica, extraña y grotesca, que busca lo último y lo nuevo, lo complejo y una especia de humor mórbido que sugiere a los forasteros algunas características de los centroeuropeos y que puede leerse en las obras de los autores mencionados.

     Debido a que muchas de estas naciones estuvieron durante siglos bajo dominio austríaco, sus pueblos compartieron un destino común de sujetos más o menos oprimidos en un gigantesco imperio, y desarrollaron una serie de hábitos y estrategias mentales que eran notablemente similares. También compartían ciertos valores, siendo uno de los más importantes su identificación con Europa. Los habitantes de Europa Central eran "más papistas que el Papa", y la palabra “Europa”, sin lugar a dudas, sonaba en sus oídos mucho más que en Occidente.

     Recordemos que la Monarquía Dual Austro-Húngara fue la corporización del concepto supranacional de Europa Central, una globalización temprana cuyo desmembramiento y fragmentación fue causado por los nacionalismos rivales y el resultado de la Primera Guerra Mundial. Hubo quienes veían en la plurinacional monarquía de los Habsburgo un brazo de la civilización teutónica, un truco, instrumento o astucia de la razón para germanizar culturalmente la región.

     Lo cierto es que esta Mitteleuropa, idealizada como armonía de pueblos diversos, "fue una realidad del imperio Habsburgo, en su última etapa, una tolerante convivencia compresiblemente llorada después de su final, entre otras cosas por la comparación con la barbarie totalitaria que le sucedió entre las dos guerras mundiales…" (Magris: 1988, 26). Luego de la Primera Guerra Mundial, con el colapso de la monarquía Austro-Húngara, los Estados sucesores estaban más interesados en buscar su propia identidad nacional que en la búsqueda de un ideal centroeuropeo. Después de la caída del Muro el interés radicaba en entrar lo más rápidamente posible a la Unión Europea.

     Hasta hace poco tiempo, Europa Central era la última esperanza cultural de Occidente para Milan Kundera, porque era un lugar en el que aún las ideas despertaban pasiones, la palabra escrita todavía importaba, y los artistas eran personas a las cuales se tenía en cuenta. Consideraba que Europa Central no era una realidad geográfica, sino un reino imaginario de fronteras cambiantes, una república de letras que obstinadamente mantiene valores culturales supremos. Pero aquel ideal cultural también se está desvaneciendo no sólo por la Unión Soviética, sino también por culpa de Europa Occidental, en la cual la cultura se ha dejado a un lado, colocando en su lugar a los omnipresentes medios de comunicación masivos comerciales.

     No todos son tan pesimistas como Kundera: para Konrád, tanto el sueño como la realidad de Europa Central siguen muy vitales y descubre un espíritu común en pequeñas cosas: juegos de palabras, chistes compartidos, miradas cómplices. Para el poeta polaco, Czeslaw Milosz, Europa Central es un “acto de fe”, una utopía. A diferencia de Kundera, estos dos autores no creen que la decadencia de Europa Central sea causada por el comercialismo occidental. El problema, para ellos, está en la división política de Europa, en todo el ordenamiento de la posguerra, en las decisiones tomadas por las grandes potencias en Yalta. El problema, de acuerdo con Konrád y Milosz, no es la declinación de la cultura o la proliferación del kitsch temida por Kundera, sino que reside en las superpotencias intrusas que politizan y polarizan a Europa. En 1984, Konrád afirmaba: “[c]onsidero al presente status quo en Europa como el producto de la fuerza y la compulsión, y creo que es artificial, temporario y, es más, está en proceso de desintegración”.

Mitteleuropa

     A mediados del siglo XIX, Mitteleuropa se refería a una amplia unión económica basada en las tierras austríacas y prusianas que se extendía desde Copenhague hasta Trieste, tal como aparecía, por ejemplo, en la obra de Friedrich List. Con el establecimiento de un imperio centrado en Prusia a partir de 1870 con Bismarck a la cabeza, Europa Central pasó a delimitar a las tierras entre Alemania y el Imperio Ruso, con su centro en Berlín y Viena. La concepción de Naumann reflejaba este desarrollo pues su Mitteleuropa incluía a Alemania con fronteras hacia el este hasta el Vístula, proponiendo una unión económica con estas áreas. Pero el resultado de la Primera Guerra Mundial hizo obsoleta esta perspectiva.

     Mitteleuropa era una aspiración alemana: sus ideólogos de preguerra la habían concebido como una unidad bajo liderazgo germano y hasta 1945 este término reflejó su hegemonía en la zona. Desde Metternich, que fue el primero que desarrolló el tema, hasta Friedrich Naumann, cuya obra de 1915, Mitteleuropa, dio lugar a su uso moderno, el mismo concepto de una área de Europa llamada “Mittel” estaba relacionado al de unificación de todos los pueblos de habla alemana. Desde que Naumann definió la idea de Mitteleuropa, se convirtió en una palabra que indicaba la esfera de influencia de los alemanes desde el Rin hasta el Danubio, o “desde Berlín hasta Bagdad” como lo vio Masaryk [RUPNIK: 1991, 241]. Los polacos asociaban la palabra Mitteleuropa con el Drang nach Osten germano, y esta fue la lectura del checo Masaryk de las intenciones alemanas.

     El resultado de la Primera Guerra Mundial con el resurgimiento de Polonia, que había desaparecido durante más de un siglo, la creación de nuevos Estados como Checoslovaquia y Yugoslavia, junto con la reducción de Austria y Hungría a Estados pequeños, produjo que Mitteleuropa se convirtiese en una utopía anacrónica transformándose en un término harto impreciso. ¿Qué es Este, Centro, Oeste, en una gigantesca región en la cual las divisiones políticas cambiaron radicalmente en pocos años?

     La “nueva Europa” de naciones democráticas independientes que Masaryk y R.W. Seton-Watson concibieron en Londres durante la Primera Guerra Mundial fue precisamente una alternativa a la Mitteleuropa autoritaria dominada por los alemanes. La nueva Europa Central de 1918-1938 fue concebida no solamente sin Alemania sino en contra de Alemania. Sin embargo, Heinrich von Srbik descubría en la monarquía de los Habsburgo una síntesis de la idea universal, imperial y Mitteleuropa, en la que se exaltaba, según su parecer, el universalismo alemán, la plurisecular misión histórica germánica en el espacio danubiano. De acuerdo con la perspectiva de Srbik –en un ensayo de 1937- la idea de Mitteleuropa “aparece como una ‘idea esencialmente alemana’; Austria ‘es una parte del alma alemana, de la gloria alemana y del empeño alemán’ y la misión del imperio de los Habsburgo ha consistido en afirmar la superior idea germánica en la Europa centro-oriental, crear en ese espacio una civilización universalista, es decir, sacro-romano-imperial-germánica”.

     La influencia alemana en Europa Central tiene dos facetas: una larga historia de interacción y una tendencia a la hegemonía; una dualidad aún presente en las actuales percepciones centroeuropeas. Los alemanes producían una mezcla de temor y atracción, un modelo de occidentalización (modernización) y un peligro de dominación, una amenaza a la soberanía y a la identidad nacional. De la misma manera que Francia se identificaba con la idea de revolución, Alemania representaba un modelo de desarrollo de capitalismo industrial.

     La presencia alemana en ECO ha sido un gran capítulo de la historia y su eclipse –del cual el nazismo fue responsable- una gran tragedia que aún no se olvida. Claudio Magris en su Danubio celebra la diversidad, las gloriosas excentricidades de la civilización danubiana: "El Danubio es la Europa Central germano-húngaro-eslava-románica-judía, polémicamente opuesta al Reich alemán", pero considera también que “interrogarse acerca de Europa significa, actualmente, interrogarse asimismo acerca de su propia relación con Alemania” [MAGRIS: 1988, 28-9].

     Además de los alemanes, otro componente vital de Mitteleuropa fueron los judíos. Hitler aniquiló a los judíos y Stalin expulsó a los alemanes ¿podría aún hablarse de ECO sin judíos y sin alemanes? El complejo rompecabezas étnico se simplificó gracias a los asesinatos, las migraciones y la asimilación forzada, y lo que quedó después de 1945 fueron Estados étnicamente “puros” incorporados al imperio soviético.

     Los judíos han jugado un papel preponderante en las culturas cosmopolitas de Europa Central y Oriental, y su situación a fines del siglo XIX y principios del XX presuponían una sociedad relativamente tolerante y liberal, pero con el crecimiento de los nacionalismos xenófobos, los judíos fueron perdiendo terreno. La combinación de la más extrema forma de nacionalismo con el poder militar y la eficiencia de un estado totalitario moderno amenazaron su misma existencia. Sin embargo, los judíos siguen siendo los centro-europeos paradigmáticos: individualistas tenaces que sobreviven a las vicisitudes de la historia.

     Además de la interacción entre diferentes culturas nacionales, existía también una auténtica perspectiva cosmopolita, frecuentemente identificada con la comunidad judía. Muchos de los grandes nombres asociados a la vida cultural vienesa de fin de siglo eran de judíos no vieneses: Freud, Mahler, Musil y Husserl. Joseph Roth, autor de una de las mejores novelas sobre ese período, La marcha Radetzky, provenía de la Galitzia polaca. Budapest (denominada por los nazis como ‘Judapest’ por la gran proporción de judíos), Praga y Cracovia no eran meros suburbios de Viena, sino partes de una red cultural centroeuropea en la cual los aportes del judaísmo fueron invalorables.

     Al final de la Segunda Guerra se transfiere la dominación a la esfera soviética. En pocos años Europa Central se convierte en “Europa Oriental”. “Europa Central” o Mitteleuropa sobrevive solamente como un concepto geográfico o climático sin ningún contenido político o cultural.

Sovietización

     Cuando la dominación germana fue reemplazada por el poder soviético, una política de desnazificación (o des-alemanización) se convirtió en uno de los instrumentos de la sovietización en Europa Central Oriental. La idea post-Segunda Guerra Mundial fue el de una ECO sin alemanes y el resultado principal de esta política fue la expulsión (o “transferencia”) de más de 10 millones de alemanes (6 millones de Polonia, 3 millones de Checoeslovaquia, y varios centenares de miles de Hungría, Rumania y Yugoslavia).

     La naturaleza de la relación entre ECO-URSS era cualitativamente más intensa y sustancial que las relaciones soviéticas con cualquier otro país debido a que la región era una importante área de seguridad nacional de la URSS. Durante los 45 años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, el establecimiento y mantenimiento de su posición en ECO fue el fin más importante de la política exterior soviética; en las relaciones con países vecinos, solamente China le interesó a la URSS tanto como ECO. Afganistán, con tropas soviéticas peleando contra insurgentes, fue un problema intenso, pero pálido en comparación con los costos y compromisos soviéticos en ECO desde 1945.

     El famoso artículo de Milan Kundera publicado en 1984, “La tragedia de Europa Central”, cuenta la siguiente anécdota: en noviembre de 1956, el director de la Agencia Húngara de Noticias, poco antes de que su oficina fuese destruida por la artillería soviética, envía un desesperado mensaje al mundo anunciado el ataque contra Budapest con estas palabras: “moriremos por Hungría y por Europa”.

     ¿Qué quiso decir con esto? ¿Que Europa estaba en peligro? ¿Que los soviéticos invadirían Europa Occidental? No, este director de la Agencia Húngara de Noticias simplemente quería decir que los rusos, al atacar Hungría, estaban atacando a la misma Europa y él estaba listo a sacrificar su vida para que Hungría siguiera siendo húngara y europea.

     Este tipo de declaraciones, para Kundera, suenan extrañas en Occidente. De hecho, tanto en Francia como en Estados Unidos, no se pensaba que lo que peligraba en la invasión era Hungría o Europa sino –simplemente- un régimen político. Nadie consideraba que Hungría era amenazada y, mucho menos, Europa. Cuando Solyenitzin denunciaba la opresión comunista, no invocaba a Europa como un valor fundamental por el cual valía la pena morir: “Morir por mi país y por Europa” es una frase impensable en Moscú, Belgrado o Sofía; esta frase sólo puede ser dicha en Varsovia, en Praga o en Budapest.
En Europa Central muchos pensadores estuvieron particularmente sensibilizados a los peligros provocados por el poderío ruso, y no solamente los polacos. Un gran historiador y político checo, Frantisek Palacky, escribió en 1848 una famosa carta al parlamento revolucionario de Frankfurt en el cual justificaba la existencia del Imperio del los Habsburgo como muralla de contención al Imperio Ruso. Prevenía acerca de sus ambiciones imperiales ya que aspiraba a convertirse en una “monarquía universal rusa”, lo cual “sería un desastre inmenso e indescriptible, un desastre inconmensurable y sin límites”.

     Kundera afirmaba que nada podía ser más ajeno a los centro-europeos y su pasión por la variedad que Rusia: uniformizante, estandarizante, homogeneizante, centralizante, determinada a transformar a cada una de las naciones de su imperio (los ucranianos, los bielorrusos, los armenios, los lituanos, los estonianos y otros) en un solo pueblo ruso, o como se expresa más comúnmente en esta era de mistificación verbal generalizada en “un único pueblo soviético”.

     Los centro-europeos no veían, como los occidentales, a Rusia/URSS como una potencia europea; la consideraban una civilización singular, la consideraban otra civilización. “El socialismo al estilo soviético fue, en los países avanzados de la Europa Centroriental, una tragedia para la que no hay consuelo” (Dahrendorf: 1991, 63). Por ello es que los países de ECO sintieron que el cambio en su destino después de 1945 no fue meramente una catástrofe política, sino que fue también un ataque en contra de su cultura y civilización. El significado profundo de su resistencia fue la lucha para preservar su identidad, o –para decirlo de otra manera- preservar su “occidentalidad”. La búsqueda de la identidad centroeuropea era una alternativa a ese presente sovietizado y quería poner énfasis en afirmar su alteridad respecto de Rusia.

     Estos temores y rencores hacia los soviéticos no tuvieron en cuenta que el gobierno monolítico de la URSS sobre los países de Europa Central y Oriental es lo que probablemente evitó conflictos potencialmente explosivos. No olvidemos la histórica hostilidad entre los checos y eslovacos, polacos y alemanes, húngaros y rumanos, turcos y búlgaros. El colapso del centro y de los partidos comunistas en ECO, hizo que “reaparecieran las viejas rivalidades regionales, étnicas y religiosas, y así, nuevas divisiones amenazan con desbaratar la unidad de propósito que indujo al cambio” (Dahrendorf: 1991, 17), siendo la ex Yugoslavia el ejemplo más prominente y sangriento.

     Las tendencias centrípetas del régimen de la ex Unión Soviética fracasaron respecto de Europa Central y “Oriental” debido a que este bloque siempre tuvo –o quiso tener- una evidente orientación hacia Occidente tanto en lo económico como en lo político y lo cultural. Lo mismo ocurrió en la ex Yugoslavia –una Europa Central Oriental en miniatura- cuando las repúblicas noroccidentales (Eslovenia y Croacia) rompieron con un gobierno hegemonizado por los “balcánicos” y “orientales” serbios.

 

La nueva Europa Central

     Europa Central, de acuerdo con Palacky, debería ser como una familia de naciones en igualdad de posiciones, cada una de las cuales cultivaría sus propias individualidades, trataría a las otras con un respeto mutuo y estaría asegurada por un Estado unificado y fuerte. Si bien este sueño de una Europa Central unida, federal e independiente, nunca se realizó debido a que el destino de sus naciones ha estado en manos de las dos potencias dominantes, Rusia y Alemania, sigue siendo una idea poderosa e influyente.

     La historia de estos pueblos y naciones ha sido turbulenta y fragmentada; con alguna excepción, sus tradiciones y la misma supervivencia de sus Estados han sido más débiles y menos continuas que las de las naciones europeas mayores. Como jamás fueron integrados totalmente en la conciencia de Europa, han permanecido como la parte menos conocida y más frágil de Occidente, ocultos –aún más- por la cortina de sus lenguas extrañas y de difícil acceso. Atrapadas entre los germanos por un lado y los rusos por el otro, las naciones de Europa Central, pequeñas y débiles, utilizaron sus fuerzas en la lucha para sobrevivir y preservar sus lenguas, culturas y tradiciones.

     Europa Central es como una versión condensada de Europa archi-europea, un modelo reducido de Europa conformada por naciones concebidas de acuerdo con una regla: la mayor variedad en el menor espacio. ¿Cómo no se horrorizaría Europa Central –se preguntaba Kundera- enfrentándose a una Rusia fundada en el principio opuesto: la menor variedad en el mayor espacio?

     ¿Qué es, entonces, Europa Central? Una zona incierta de pequeñas naciones entre los rusos y los germanos, y hay que subrayar las palabras: pequeña nación. ¿Y qué es una pequeña nación? Una definición podría ser: aquella cuya misma existencia puede ser cuestionada en cualquier momento; una nación pequeña puede desaparecer y lo sabe. Un francés, un ruso o un inglés no tienen el problema de preguntarse acerca de la supervivencia de sus naciones. Sus himnos nacionales sólo hablan de grandeza y eternidad. La diferencia es que, por ejemplo, el himno polaco comienza con el verso: “Polonia aún no ha perecido...”, y el húngaro termina diciendo “porque este pueblo ya recibió su castigo por el pasado y el futuro”.

     István Bibó, un gran pensador húngaro del siglo XX, consideraba que el miedo a dejar de existir como comunidad nacional es el rasgo más característico de la psicología de los pueblos de Europa Central Oriental. Escribió en 1946: “Un occidental considera la ‘muerte de la nación’ como una frase hueca, pues si bien es capaz de concebir el exterminio, la servidumbre, o la asimilación lenta, el ‘aniquilamiento’ político de un día para otro no es para él más que una metáfora grandilocuente. Sin embargo, para las naciones de esta zona de Europa es una realidad tangible” [Bibo: 1986, 162-63].

     En noviembre de 1989 se reunieron en Budapest los cancilleres de Austria, Hungría, Yugoslavia e Italia, con el propósito de discutir cuestiones de cooperación regional económicas y culturales. Se renovaron viejos lazos y se encontraron puntos de interés común, fue como una reunión del viejo Imperio de los Habsburgo. La idea de una Europa central moderna está asociada a las políticas y actividades de Tomás Masaryk, presidente de la nueva Checoslovaquia de post-Primera Guerra Mundial. Con la disolución del de la Monarquía Dual Austro-Húngara su proyecto tenía que ver con la creación de un marco que promovía la asociación de la diversidad de pueblos y grupos entre Alemania y Rusia.

     A este concepto se refirió específicamente otro presidente Checoslovaco, Vaclav Havel, en enero de 1990, en su discurso al Parlamento polaco, cuando hacía notar la “posibilidad histórica real de llenar con algo significativo el gran vacío político que apareció en Europa Central luego de la ruptura del Imperio Habsburgo”. Afirmaba que “existe la posibilidad de transformar Europa Central en algo que ha sido hasta ahora un fenómeno político”. Havel pretendía un “retorno a Europa”, con lazos mucho más cercanos a Occidente y con una mayor integración dentro de Europa como un todo:

     El paraíso en la tierra no ha sido victorioso y nos esperan muchos momentos dificultosos. Todo lo que tenemos es la esperanza de volver a Europa como Estados y naciones libres, independientes y democráticos... Europa Occidental ya está sustancialmente en el proceso de integración. Si decidimos volver a Europa individualmente, va a ser mucho más complicado que si lo hacemos con un acuerdo mutuo...[queremos] naciones europeas con Estados independientes y democráticos; una Europa estable, no dividida en bloques y pactos; una Europa que no necesita la protección de las superpotencias (citado por Lewis: 1993, 268-9).


En síntesis

     “Europa Oriental” y “Europa del Este” fueron términos acuñados en 1945 que hacían referencia a los países que estaban detrás de la “cortina de hierro”. En realidad se trató de una expresión política que poco tenía que ver con aspectos geográficos, lingüísticos o culturales; su definición implicaba a los países dentro de la órbita de la Unión Soviética.

     Además de las dificultades de definir “Oriental”, hubo resentimiento en los países en cuestión por las connotaciones de “primitivismo”. En la década de 1980, esa expresión es poco a poco reemplazada por “Europa Central”, cambiando definitivamente su significado con la caída de los regímenes autodenominados socialistas en 1989.

     Se produce un redescubrimiento de Europa Central (Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia y Croacia) y del Sudeste (Serbia, Bosnia, Macedonia, Albania, Rumania y Bulgaria) como contrapeso a la fragmentación, el deseo y la necesidad del primer grupo a identificarse con Europa y Occidente.

     Las definiciones de Europa Central no eran totalmente coincidentes, habiendo sido un invento de Masaryk para contrarrestar la idea alemana de Mitteleuropa. De todas maneras, resultaba difícil definir Europa Central, aunque indudablemente no era “Oriental”, por la geografía o las aspiraciones de los pueblos que allí convivían.

     Puede buscarse una definición a través de lo cultural, ya que resulta erróneo denominar “Oriental” a países que han participado del gótico, el Renacimiento y la Reforma y que han logrado grandes logros enraizados en una tradición común.

     No es posible delimitar precisamente las fronteras que, en muchos casos, son imaginarias y en donde han existido grandes mezclas nacionales e interacción mutua, produciendo una cultura centroeuropea peculiar que comparte ciertos valores similares.

     Una característica de estos pueblos es haber estado entre rusos y germanos, y la temprana globalización producida por los Habsburgo produjo aspiraciones imperialistas y un término, Mitteleuropa, que reflejaba la hegemonía germana en la zona ya en el siglo XIX.

     Mitteleuropa es también un término impreciso, aunque se refiere específicamente a las áreas de influencia de los germano hablantes y que, después de Hitler, se transfieren a la Unión Soviética, transformándose en “Europa Oriental”, siendo una zona geopolíticamente muy importante para los soviéticos.

     Kundera relata la historia de un húngaro que muere “por Europa”, algo impensable en otro lugar del mundo, y que se relaciona con el temor a la sovietización homogeneizante de un país considerado como otra civilización que trató de eliminar la “diversidad de la identidad” de ECO.

     La nueva Europa Central fue el sueño de unidad de países casi periféricos, de Estados débiles y naciones tan pequeñas que podían llegar a desaparecer del mapa. Tanto Masaryk como Havel soñaron con la posibilidad de unir a los países de Europa Central para evitar las posibilidades mencionadas.

     La apertura a la globalización fue ayudada, paradójicamente, por la fragmentación del bloque soviético, y el gran problema presente y futuro que enfrentan estos pequeños países es la influencia alemana y estadounidense, que producirá una “modernización” integradora al capitalismo mundial en términos ventajosos o desventajosos; en otras palabras, serán parte del “centro” o seguirán –como hasta ahora- en la periferia.

 

Bibliografía

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